Embelleciendo las Mitzvot.

 

 

“si Yo soy padre ¿dónde está mi honor? Y si soy Amo, ¿dónde está la reverencia hacia Mí?”. Malají, 1:20.

 

La Haftará que leemos esta semana, se ubica en la época del segundo Bet HaMikdash. Malají, el último de los profetas, reprocha severamente la conducta del pueblo de Israel: Si Yo soy padre ¿dónde está mi honra? Y si soy Amo, ¿dónde está la reverencia hacia Mí? Reprende también a los Cohanim: A ustedes les hablo, sacerdotes que menosprecian Mi Nombre. Ustedes dirán: ¿en qué forma Lo hemos despreciado? Pues presentan ante Mí altar pan profanado, y aun así preguntan: ¿en qué hemos despreciado? Y afirman: La mesa de Hashem es despreciable. Asimismo, acercan un animal ciego, y no ven en ello mal, y cuando acercan un sacrificio rengo o enfermo, tampoco lo ven mal. ¡Ofrécelo a tu gobernante! ¿Acaso él lo aceptará o tal vez se volverá contra ti…? Si tan solo uno de ustedes cerrara las puertas para que no enciendan mi altar en vano [1] La corrupción en esa época llegó a un extremo tal, que los Cohanim exigían una retribución inclusive por abrir y cerrar las puertas del Templo, o para encender la Menorá, la codicia los cegaba tanto, que perdieron el valor de la responsabilidad que cargaban sobre sus hombros, ellos estaban dispuestos a cambiar su distinción por una cantidad de monedas….[2]

 

El paralelismo de la Haftará con la Perashá es justo en este punto: Esav despreció la primogenitura: He aquí yo voy a morir, ¿para qué me sirve la primogenitura?[3] La bendición que Hashem le había otorgado a Abraham especificaba que solamente uno de los hijos de Yitzjak heredaría la misión de Israel,[4] esto significa que solamente uno de los dos recibiría la Torá. Había algo más: en la época del Mishkán, los primogénitos serían los encargados de ofrendar los sacrificios; Yaacob deseaba con todas sus fuerzas obtener estos privilegios, mientras que Esav los despreció y lo demostró cambiando sus derechos como primogénito por un plato de lentejas….

 

La dedicación que muestra un yehudí, no solamente cumplir, sino también al embellecer los preceptos prescriptos en la Torá, manifiesta la fe y la identificación que siente por su Creador; y a su vez, por su parte, Él le muestra su amor “adornando” su vida con cosas hermosas…

 

Al partirse el Iam Suf (Mar de los Juncos), el pueblo judío declaró: éste es mi D’s y lo embelleceré,[5] de este versículo aprendemos que cada uno de nosotros tiene la obligación no solamente de servir a Hashem en forma habitual, debemos embellecer el acto con lo mejor de nosotros mismos, por ejemplo, adquiriendo un Etrog hermoso, un selecto par de Tefilín, colocar en las jambas de nuestras casas Mezuzot que sean aptas, etcétera.[6]

 

Cuentan sobre una familia que fue de visita a casa de la abuela. Al entrar, la niña fijó su atención en el collar de perlas que colgaba del cuello de la anfitriona. La niña se prendió del vestido de su madre y con ansia le pedía: “Mami, mami, cómprame por favor un collar como el de la abuela…”. La madre pensó que se trataba de un deseo fugaz y la mandó a jugar, seguramente se olvidaría de eso. Pero no fue así, saliendo de la visita, la pequeña seguía insistiendo que le compraran el collar. Entonces la madre la subió a su regazo y le dijo: “Mira pequeña, la joya de la abuela es una pieza bastante costosa, no considero que sea apta para alguien de tu edad; quizás cuando seas mayor, podrás adquirir muchos, mientras tanto, que te parece si mejor me pides que te compre… ¡una preciosa muñeca!”, la niña movió lentamente su cara de un lado al otro, mostrando que seguía empecinada en la idea, y por más argumentos que intentaba darle la madre, ella se mantenía firme en su postura.

 

Al siguiente día, madre e hija fueron al centro de la ciudad, entraron a un expendio de joyería de fantasía. El empleado le mostró varias piezas, y la niña salió luciendo orgullosa su preciada “joya”, la llevaba a donde quiera que iba, no se la quitaba ni siquiera para dormir. El tiempo hizo lo propio y después de varios días de uso constante, el metal se oxidó y el brillante color se había deteriorado; la madre le explicó que debía quitárselo debido a que ya no daba un buen aspecto, la niña se negó rotundamente diciéndole que ella amaba su collar. Entonces la madre le ofreció llevarla al local donde lo habían comprado para reemplazarlo. Por más que lo buscaron, no pudieron encontrarlo, todos se habían vendido…

 

   La madre habló seriamente con el padre diciéndole que no le agradaba que la niña anduviera de aquí a allá con aquel collar, le pidió que la persuadiera a quitárselo. Esa misma noche, cuando el padre se disponía a acostar a la niña, le dio un beso y le pregunto: “¿Querida hija, me amas?”, ella lo miró extrañada: “¡Seguro que sí! ¿Por qué lo preguntas?”, entonces le dijo: “¿Serías capaz de demostrarlo entregándome el collar de perlas que llevas puesto?”, ella lo pensó por unos segundos y luego le respondió: “Toma papá, aquí tienes mi muñeca preferida, tú sabes lo importante que es para mí, llévala a cambio y te pido una disculpa, pero el collar no te lo puedo entregar…”. El papá no se rindió, siguió insistiendo durante varios días sin poderlo conseguir.

 

Unas semanas después, el padre regresaba del trabajo y se encontró a su hija, lo abrazó y mostrándole una amplia sonrisa, le dijo: “Papá, yo te quiero mucho; estoy lista para entregarte el collar que me pediste”, lo retiró de su cuello y se lo entregó. El padre lo recibió y le dio un fuerte abrazo; metió la mano en el bolsillo, sacó una pequeña caja y se la entregó diciéndole: “Ábrelo, mira lo que contiene”. La niña abrió la cajita y encontró un hermoso collar de perlas. Entonces el padre le dijo: “Fíjate bien, este no es igual al que me entregaste, esta es una pieza autentica, me costó más de mil dólares, y quiero que sepas que lo cargo conmigo desde hace dos semanas, lo traigo desde la primera vez que te pedí que me dieras el tuyo, esto para que aprendas que, cada vez que tu padre te pida algo, es porque Él tiene algo mucho mejor para darte a cambio…”.

 

Hashem provee la vida y la subsistencia de todas sus creaturas, como lo aclama el Salmista: Él Abre Su mano y satisface los deseos de todo ser viviente.[7]¿Y qué es lo que corresponde al ser humano y singularmente al yehudí? Dice el versículo: Ahora, oh Israel, ¿qué pide Hashem de ti? Sólo que Le temas, que te conduzcas en todos Sus caminos, y que Lo ames, y que Lo sirvas, con todo tu corazón y con toda tu alma; que observes Sus mandamientos y Sus decretos, para beneficiarte.[8] Quiere decir que el valor y la razón de nuestra existencia es para reconocer que Hashem es el Soberano del universo, estamos aquí para cumplir con nuestros deberes, tanto materiales como también los espirituales; teniendo fe en Él y en Su Torá, asumiendo Su servicio, amándolo, absteniéndose de todo aquello que es detestable para Él, unificando nuestros actos en aras de Su nombre y reflexionando sobre Sus bondades.[9]

 

¿Existe alguna forma de corresponder todos Sus favores? En realidad, Hashem no necesita nada de nosotros: ¿Quién me ha precedido y debo recompensarlo?[10] ¿Quién Me ha elogiado antes de que Yo le diera el alma? ¿Quién circuncidó a su hijo antes de que Yo se lo diera? ¿Quién colocó una Mezuzá en la puerta antes de que Yo le diera una casa? ¿Quién construyó una Sucá antes de que Yo le diera un lugar para construirla? ¿Quién sostuvo un Lulav antes de que Yo le diera dinero para comprarlo? ¿Quién ató Tzitzit a sus vestimentas antes de que yo le diera ropa para vestir?[11] Este Midrash parece sugerir que cada Mitzvá que cumplimos es percibida por Hashem meramente como una manifestación de aprecio y agradecimiento por toda la bondad que Él nos concede. Entonces, si de todos modos vamos a cumplir con las obligaciones que tenemos ante Él, ¿Por qué no dedicar el alma en cada Mitzvá que cumplimos? ¿Por qué no invertimos lo que sea necesario para embellecer las Mitzvot…? en realidad lo único que podemos “darle” a Hashem como agradecimiento por todo lo que nos provee, es el amor, el cariño, el deseo del alma, la voluntad del corazón y el ferviente anhelo por llevar a cabo Sus ordenanzas, y si lo hacemos de esta forma, seguramente que él nos otorgará todo aquello que tiene guardado para aquellos que demuestran fidelidad y amor hacia Él.© Musarito semanal

 

 

 

 

“El que más embellece las Mitzvot, más demuestra que ama a Hashem con todo su corazón y toda su riqueza, y aumenta Su honor”.[12]

 

 

 

 

 

 

 

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Horarios Cd. De México: Viernes de 17 de noviembre 17

 

Encendido velas 5:40 Jizuk 5:28

 

Salida del sol: 6:46, Kriat Shemá 1°: 8:59, 2°: 9:33, Tefilá: 1°: 10:05, 2°: 11:29

 

Jatzot (medio día): 12:22, Fin Shabat: 6:42 Rabenu Tam: 7:09

 

 

 

Para Refuá Shelemá de: Yaacob Jaim ben Ruth, Eliahu ben Esther, Rajel Jaya bat Adel Janom. Frida bat Jaqueline Ines.

 

Leiluy Nishmat de: Yosef ben Elvira, Shajud Shaúl ben Boliza. Victoria bat Sará, Jaim ben Zekíe

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Malají 1:6-10.

 

[2] Ver Rashí en Malají 1:10.

 

[3] Bereshit 25:32.

 

[4] Ver Rambam, Hiljot Melajim 10:7.

 

[5] Shemot 15:2.

 

[6] Shabat 133a.

 

[7] Tehilim 145:16.

 

[8] Debarim 10:12.

 

[9] Jovot HaLebabot, ver introducción.

 

[10] Iyob 41:3.

 

[11] Vaikrá Rabá 27.

 

[12] Pele Yoetz; Embellecimiento de las Mitzvot.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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