PERASHAT AJARÉ MOT

 

“Si una persona tuviese una mancha… deberá ser traída a Aharón el Cohén” (13:2).

 

Después de que sus hijos Nadab y Abihú murieron como castigo por su servicio incorrecto, se dijo a Aharón que entrara en el Kodesh HaKodashim una vez al año, en Yom Kipur. Ese día se expiaban los pecados cometidos por la comunidad, incluyendo los de los Cohanim. Y el Mishkán (Santuario) era purificado por si hubieran entrado en él judíos ritualmente impuros. Ese mismo día el propio Cohén Gadol, ataviado la mayor parte de su cuerpo con ropas blancas, ofrecía todos los sacrificios. Estos consistían en sus ofrendas personales y las ofrendas que ofrecía en nombre de todo el pueblo.

 

Cuando escuchamos el nombre de Yom Kipur, lo asociamos con ayuno, teshubá y acercamiento a Hashem. Cierto es que en Yom Kipur la mayoría de los yehudim se congregan en los Baté Kenesiot para pedir perdón. Sin embargo, hay una idea errónea: algunos piensan que solamente por el hecho de pasar por este día dándose golpes de pecho y levantando la voz en el momento del rezo, todos sus pecados son borrados. ¡Este pensamiento está muy distante de lo que representa la teshubá! La confesión y los golpes de pecho que caracterizan al día de Kipur son solamente una demostración de arrepentimiento, pero no es lo que Hashem espera de nosotros. Hashem se acerca este día a nosotros, como dice el versículo: Busquen a Hashem cuando se encuentra; llámenlo mientras se encuentra cerca. Abandone el malvado su camino. Retorne hacia el Eterno, que le tendrá misericordia, porque Él aumenta en perdonar.1 Hashem nos otorga este tiempo, que es propicio para comenzar el proceso de la teshubá; comienza este día, pero debemos llevarlo durante todo el año reconociendo y corrigiendo todo aquello que hicimos mal en el pasado. ¡Esto representa el autentico arrepentimiento!

 

En un pequeño poblado tenían un grave problema: cada vez que se iniciaba un incendio, éste arrasaba con gran parte de las casas. Los dirigentes estaban desesperados. No sabían cómo controlar la difícil situación. Por más esfuerzos que hacían para apagar el fuego, todo terminaba en desastre. Cierto día uno de los “bomberos” fue a la gran ciudad a visitar a unos parientes. Mientras paseaba por allí con un pariente suyo, una fuerte explosión sacudió el piso donde se encontraba. A lo lejos se notó una gran columna de humo negro. De repente escuchó el sonido de campanas y tambores. “¿Qué significa esto?”, preguntó a su pariente. “Este sonido significa que hay un incendio cerca de aquí. Pero no te preocupes; espera un poco y verás que será apagado”, fue la respuesta. “¡Qué maravilla!”, pensó el aldeano. “¡Esto es justo lo que necesitamos! Voy a ver cómo lo hacen”. Cuando llegó al lugar, comprobó que el fuego había sido extinguido. Quedó boquiabierto ante semejante eficacia.

 

Cuando regresó a su pueblo, llamó a los ancianos y les dijo: “Vengo de la gran ciudad y les tengo buenas noticias. Logré ver algo maravilloso, algo que terminará con el grave problema que tenemos con los incendios. Allá aprendí que cuando un fuego se sale de control, hacen repicar unas campanas y baten tambores que tienen reservados para ese fin, y con esto el fuego se apaga. Les sugiero que probemos ese método aquí”. Los ancianos lo analizaron y llegaron a la conclusión de que los procesos usados en la ciudad debían ser más avanzados que los suyos, y decidieron aprobar la propuesta. Prepararon las campanas y los tambores. En cuanto se desató el primer incendio, los hicieron sonar y, cuando llegaron al lugar, descubrieron, para su inmensa sorpresa, ¡que las llamas habían consumido medio pueblo y continuaban extendiéndose! Rápidamente utilizaron su propio método y, cuando lograron apagarlo, persiguieron al hombre de la “gran idea” hasta los límites de lo que quedó del poblado. Aturdido e intrigado, el hombre regresó a la ciudad y dijo a sus parientes: “No comprendo. Cuando ustedes hicieron repicar las campanas y batieron los tambores, el fuego se apagó. Pero cuando lo intentamos en nuestro pueblo, el método no funcionó”. “¡Ignorante!”, fue la respuesta. “¿Acaso no sabes que las campanas y los tambores fueron sólo una señal para que vinieran las máquinas a apagar el fuego? La acción de los bomberos fue lo que apagó las llamas, no el ruido.”2

 

Una persona puede darse golpes de pecho y después retornar a su pecado. Es como el ruido de las campanas y tambores. La acción de abandonar los actos rebeldes definitivamente es lo que se espera de la persona. Hacer teshubá significa más que arrepentirte; es volver a tu verdadero ser, a la realización del potencial que Hashem ha destinado para ti; mejorar tu conducta, renovar tu preocupación por los demás y apegarte estrictamente a las leyes de la Torá. Sólo después de dar estos pasos positivos para extinguir los fuegos de nuestros errores, lograremos una teshubá plena y verdadera.

 

Cuenta una fábula que un ciervo se encontraba desesperado. Siempre que pretendía atravesar el bosque no lo conseguía debido a que sus cuernos eran muy grandes y se enredaban en el follaje. Un día decidió derribar todos los árboles para allanar su camino. Uno de los animales, al percatarse de su desesperado intento, le recomendó: “No te alcanzarán todas tus fuerzas ni los días de tu vida para lograr lo que te propones. En lugar de pretender acabar con el bosque, ¿por qué no pruebas quitándote los cuernos? De esa manera, sin duda, podrás caminar entre los árboles sin que nada te lo impida”.

 

Cuando el ser humano comete pecados se aleja de la fuente de la vida que es Hashem. La única forma de subsanar lo cometido es por medio de la teshubá. Este remedio se deteriora conforme pasa el tiempo y seguimos cayendo en las garras de nuestro instinto, y pecamos. Por eso necesitamos renovar diariamente esa soga que nos mantiene unidos a nuestro Creador.

 

Un hombre pudiente poseía un elegante yate que se encontraba atado en una marina. Un día uno de sus amigos lo acompañó a revisar el yate y observó que estaban cambiando la soga que asía fuertemente a la embarcación, a fin de que no se fuera a la deriva hacia el mar. El amigo preguntó: “¿Cada cuánto tiempo cambias la cuerda?”. El amigo respondió: “Por lo menos una vez cada año”. El amigo quedó sorprendido. “Me parece que estás gastando demasiado. Esta cuerda es demasiado gruesa y debe costarte un dineral cambiarla. Mira, yo la veo todavía en buen estado. Déjala unos cuantos años y verás un ahorro importante”. El acaudalado hombre le dijo: “Se nota que no tienes idea de cómo se manejan estas cosas. El agua y la sal van corroyendo la cuerda. Si no la cambio continuamente perderá su fuerza; si viene una fuerte tormenta, el yate se zafará del muelle y la gran inversión que tengo en esta embarcación se perdería en alta mar. Por eso necesito cambiarla a cada rato…”. ©Musarito semanal

 

 

 

 

“Reconocer lo cometido es la mitad del camino que lleva al arrepentimiento.”3

 

 

 

(1)   Yeshayá 55:6.

(2)   Lilmod Ulelamed, pág. 147, Rab Mordejai Katz.

(3)   Séfer Hamidot LehaMeiri, pág. 159.

 

 

 

 

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