¿Sabes quién te provee de todo?

 

“Todas las personas que salieron de Yaacob eran setenta… y Yosef estaba en Mitzráim” (1:5).

 

 

Comenzamos el segundo libro del Jumash, Séfer Shemot. Mientras que el primer libro trata de la Creación del Mundo, este segundo trata del control y el dominio de Hashem en el mundo, manifestado en los milagros que se relatan en la liberación de los judíos de Egipto, y es por esto que se conoce como el Libro del Éxodo. Una de las cosas más significativas que aparecen en esta sección del Pentateuco es la entrega de la Torá, con lo cual los integrantes de Israel se consagran como el Pueblo Elegido; este es el Pacto Eterno entre el Creador e Israel.

 

Aunque se conoce con el nombre de Éxodo, la traducción literal de Shemot es “Nombres”. La razón del título es que en los primeros capítulos están nombrados los hijos de Yaacob, quienes llegaron a Egipto. Aunque la Torá ya había enumerado a los hijos de Yaacob en sus vidas, sus nombres son detallados aquí otra vez, después de que abandonaron este mundo, para mostrar cuán preciados eran para Hashem. Los hijos de Israel son comparados con las estrellas; Hashem los cuenta y los llama por sus nombres cuando salen, y luego otra vez cuando se van. Así como las estrellas irradian luz aun en los lugares más oscuros y distantes del universo, el trabajo del Pueblo Judío es irradiar luz espiritual a todo el mundo.[1]

 

Llama la atención que a Yosef no se le nombre junto con los demás. El versículo hace una pequeña pausa para decirnos que estos son los descendientes de Yaacob, y entonces señala que Yosef estaba en Egipto.[2]

 

¿Por qué no se incluyó a Yosef junto con todos sus hermanos? Además, la Torá ya mencionó la venta de Yosef; ya sabemos que él se hallaba en Egipto. ¿Para qué se repite?

 

Una de las muchas respuestas que nos ofrecen los Jajamim es que la Torá menciona a Yosef por separado para mostrarnos una de sus cualidades: “Yosef, que en su juventud pastoreaba el rebaño de su padre, es el mismo Yosef que estaba en Mitzráim (Egipto) y se había convertido en Virrey, y a pesar de ello mantuvo su rectitud”.[3]

 

La verdadera categoría de la persona se demuestra en la manera en que se conduce cuando la vida le sonríe y cuando las cosas se ponen difíciles. Yosef demostró que él sabía manejar las situaciones y que las situaciones no lo manejaban a él.

 

En una ciudad de Europa, un judío había conseguido el control del puerto de donde se enviaban y recibían la mayoría de las remesas que se manejaban en el Viejo Continente. Poseía varias embarcaciones, con las que lograba llegar a casi todos los puertos.

 

Un día, una fuerte tempestad hizo que todos sus barcos se hundieran en alta mar. El hombre no se enteró del acontecimiento, excepto sus familiares, quienes temieron por su salud. Había que manejar con cuidado la noticia. Después de analizar varias opciones, determinaron que el Rab de la ciudad era la persona indicada para esa misión. El Rabino tomó la responsabilidad y citó al empresario. Le habló de lo vano que es este mundo, que lo principal es el temor al Cielo y que si alguien pierde algo material, no debería preocuparse. Después de unas cuantas horas de plática, el hombre se convenció de que lo principal en la vida no era lo material. El Rab le entregó un ejemplar del Jobot Halebabot (libro de filosofía judía), y le pidió que leyera los capítulos que hablan sobre la confianza en el Creador.

 

El hombre regresó y el Rab le preguntó: “Dime una cosa. Después de todo lo que ya estudiamos, si te dijera que uno de tus barcos se hundió, ¿te angustiarías?”. El hombre respondió: “No. Después de todo lo que estudiamos, diría que son cosas de Hashem y lo aceptaría con amor”. “¡Bien!”, opinó el Rab. “Si te dijera que no fue uno sino tres barcos los que se hundieron, ¿qué dirías?”. El hombre encogió los hombros y dijo: “El dinero no lo es todo en la vida. Lo seguiría aceptando con amor y confianza”. Entonces el Rab arremetió: “Y si te dijera que se hundieron todos los barcos que posees, ¿qué dirías?”. El hombre se quedó cavilando y le dijo: “Esto sí tengo que pensarlo bien, si me lo permite”. “¡Por supuesto!”, replicó el Rab. “No tienes que contestar de momento. Llévate el Jobot Halebabot, lee de nuevo las lecciones que estudiamos y cuando tengas la respuesta vienes a verme.”

 

Así hizo el hombre. Luego de un rato regresó y dijo al Rab: “En este libro dice que nadie es dueño de nada, que todo pertenece a nuestro Creador; que todo lo que poseemos no es nuestro, sólo lo tenemos en calidad de préstamo… Cuando Hashem nos quita esos bienes, no tenemos por qué angustiarnos. No hemos perdido nada. Hashem solamente lo está cambiando de manos. La persona siempre debe confiar en Él y nada ni nadie deben destruir esa confianza. ¡Estoy en condiciones de decirle que, aun cuando todos mis barcos se hundieran, no lograrían hacer menguar mi fe en el Creador…!”. El Rab lo felicitó por su fortaleza y añadió: “Bueno, entonces ahora llegó el momento en que puedo revelarte la verdad. Me comisionaron para darte la noticia: todos tus barcos se hundieron, junto con toda la mercancía que llevaban a bordo. Todas tus pertenencias se han ido al abismo, por lo que has quedado totalmente en la ruina. Pero eso no va a afectarte, ¿verdad?”.

 

El hombre abrió tanto los ojos que pareció que se saldrían de sus órbitas. Comenzó a sudar; acto seguido palideció y finalmente cayó desmayado. El Rab corrió, regresó con un paño bañado en alcohol y lo colocó cerca de su nariz para reanimarlo. Cuando el hombre volvió en sí comenzó a gritar: “¡¿Qué voy a hacer?! ¡Estoy arruinado! ¿Cómo es posible?”. El Rab se acercó y le dijo: “¿No acabas de decir, hace unos minutos, que una noticia así no te afectaría, que estabas confiando en que Hashem todo lo hace para bien? ¿Por qué ahora estás tan desesperado?”. El hombre respondió: “Cuando usted me hacía las preguntas, yo respondía con confianza, pues era un hombre rico. Pensaba que mis barcos estaban bien protegidos y sólo tomaba sus preguntas como un ejercicio de suposiciones. Pero ahora que me he convertido en pobre, ¡mi fuerza espiritual se ha desvanecido…!”.

 

Hay personas que, cuando todo les va bien, cuando la vida les sonríe, son personas de fe; confían plenamente en que es Hashem quien está manejando a los personajes detrás del escenario. Este nivel de convicción es muy bueno, especialmente porque la prueba de la riqueza no es cosa fácil. Uno tiende a pensar que Mi fuerza y el poder de mi mano han hecho para mí toda esta riqueza.[4] Pero cuando la persona se ve sin la “seguridad” y “protección” que le da su dinero, sus contactos, sus influencias, su capacidad para resolver las cosas, entonces el ambiente se torna diferente. Y es allí donde la emuná conseguida de su trabajo en el servicio a Hashem debe mostrar sus frutos. Por eso recitamos en la plegaria matutina: Confía en Hashem, esfuérzate y presiónate, y confía en Hashem.[5] Dos veces se menciona la obligación de confiar en Hashem: una antes del esfuerzo y otra después de éste, para que nadie se confunda y crea que su trabajo es la fuente de su progreso. Solamente la confianza y la esperanza en Hashem es la que las realiza.

 

Yosef se mantuvo firme cuando era el hijo consentido de su padre, cuando fue puesto a prueba con la esposa de Potifar, cuando estuvo en el oscuro calabozo y también cuando poseyó el poder y el control absoluto de la economía mundial… ¡Cuánto tenemos que aprender de esto…!©Musarito semanal

 

 

 

“Hijo mío: hoy te daré una gran enseñanza. Es muy fácil tener confianza en la bonanza; a veces quiero saber quién eres cuando no te alcanza. Recuerda: no pierdas en Mí la esperanza, pues soy Yo Quien está moviendo la balanza.”

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Gur Aryé y Sefat Emet.

 

[2] Ver Bereshit 46:20-27.

 

[3] Rashí; Sifrí; Debarim 32:44.

 

[4] Debarim 8:17.

 

[5] Tehilim 27:14.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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