Perek 1, Mishná 5

 

 

Yosé ben Yojanán, hombre de Yerushalayim dijo: Que tu casa esté ampliamente abierta, que los pobres sean miembros de tu casa y no te excedas en conversación con la mujer. Esto fue dicho aún respecto de la propia esposa; con cuanta más razón se aplica entonces, a la esposa del prójimo. En base a esto dijeron los sabios: Todo el que aumenta conversación con la mujer, se ocasiona un mal a sí mismo, anula el estudio de la Torá y finalmente hereda el Guehinóm [pena en el purgatorio].

 

 

Yosé ben Yojanán era el Ab bet Dín (jefe del tribunal o vicepresidente del Sanhedrín). La Mishná señala que él era originario de Yerushalayim, probablemente para relacionarlo con el tema de la hospitalidad, pues era conocido el énfasis que los jerosolimitanos ponían en el cumplimiento de esta preciada Mitzvá. La Torá prescribe que, en el transcurso de las tres fiestas: Pésaj, Shabuot y Sucot, todo integrante del 'Am Israel debía subir al Har Habait (al monte donde se erigía el Bet HaMikdash) para acercar las ofrendas correspondientes a cada fiesta. Era una multitud de peregrinos y había que alojarlos a todos, nunca nadie se quedó afuera, todos encontraban donde hospedarse.[1] Los habitantes de Yerushalayim se esmeraban en recibir y atender cordialmente a todos sus invitados, agraciada cualidad que se conserva hasta nuestros días, como lo veremos a continuación:

 

Cierta vez, una persona tuvo que asistir a una Levayá (ceremonia que se lleva a cabo para despedir a una persona finada), la salida del panteón era cerca de un vecindario de Yerushalayim. Caminaba pensativo y algo lo sacó de su cavilación, observó que en la entrada de las casas había varias cubetas llenas de agua, se acercó a uno de los residentes y preguntó el motivo de su proceder. Le explicó que existe una costumbre que dicta que no se debe entrar a ninguna casa después de haber estado en un lugar donde se veló a un difunto o donde se le dio sepultura, sin haberse lavado antes las manos, ese era el motivo por el cual los vecinos, cuando sabían que un cortejo fúnebre pasaría frente a sus casas, preparaban las cubetas para que la gente pudiera lavarse las manos allí. El hombre quedó admirado ante semejante acción altruista, ¿Tantas personas habían pensado al unísono en esta singular forma de ayudar a los demás? Se agachó, tomo agua de una de las cubetas, lavó sus manos y su sorpresa fue aún mayor cuando sintió que el agua estaba… tibia.

 

Y fue entonces que comprendió; era un frío día de invierno, los vecinos no solamente pensaron en asistir a la gente con el agua para lavar sus manos, sino que también consideraron que aquellos que tenían que lavarse no sufrieran por el frío del agua. Este hecho superó la perspectiva que él tenía acerca de la deferencia que uno debe mostrar ante el prójimo, desde ese momento decidió que quería formar parte de este selecto grupo de personas que viven pensando no solamente en sí mismos, sino que dedican su tiempo y esfuerzo preocupándose por los demás, incluso en detalles aparentemente tan insignificantes como el que estaba presenciando... y así fue como comenzó su trayectoria hasta convertirse en un virtuoso judío temeroso del Creador.  

 

La excelsa virtud de considerar las necesidades de los demás, fue un legado de Abraham Abinu. Poseía excelsas cualidades, la sumisión incondicional a la Voluntad del Todopoderoso, engendró y dio expresión a la virtud del Yirat Shamaim de la manera más absoluta y perfecta, enseñó a todos a reconocer al Creador. Sembró en la nación que formó la obediencia incuestionable, a esto se refiere a lo que en las bendiciones de la Tefilá decimos “Eloké Abraham”.[2] Todas las cualidades que poseía eran gracias a que él perseguía el favor, estaba constantemente preocupado por los demás y eso le abrió el camino para adquirir la fe en el Creador y ser el padre de toda la nación judía. Y aunque era poseedor de todas las virtudes es reconocido como: Ba'al Jésed (el dueño del altruismo), esto es un indicador de que éste atributo es el fundamento de todos los demás, como lo expresa el salmista: El mundo está edificado sobre la bondad.[3] Además, al practicar el altruismo, estarás cumpliendo con la Mitzvá de: Vehalajtá Bidrajav, Y andarás en Sus caminos,[4] esto significa que estarás imitando la conducta del Creador: así como Él viste a los desnudos, también tú debes hacerlo; Él visita a los enfermos, tú también hazlo; Él consuela a los deudos, tú también consuélalos; Él da sepultura a los muertos, tú también ocúpate de ello.[5]

 

La mejor forma de medir la grandeza de un hombre es viendo la capacidad que tiene para hacer el bien por los demás.[6] Tres veces al día recitamos el Shemoné Esré. En las primeras Berajot, describimos la Majestad y el Poder del Eterno, reconocemos que Él es el Creador del Cielo, la Tierra y todos los seres vivientes, y decimos: …Gomel Jasadim Tobim, Koné Hakol (Él concede favores absolutos y renueva constantemente Su creación…), nuestros Jajamim extraen de aquí una alegórica enseñanza y dicen así: Gomel Jasadim Tobim: Todo aquel que practica buenas acciones en favor de los demás, Koné Hakol, le conceden las aptitudes y todos los recursos para obtener todas las demás virtudes.[7]

 

El Rabbí Meír de Premishlan, contó una vez a sus alumnos el siguiente relato: Un día, ascendí a las alturas y me detuve ante las puertas del Paraíso para ver lo que allí ocurría. De pronto vi a un Rabino que quería entrar al lugar, pero el guardián de la puerta le impedía el ingreso, y le preguntó al Rab “¿Qué mérito tienes para entrar?” Le respondió “¿Qué sucede? Todos los días de mi vida estudié Torá, día y noche estudié sin parar, ¿y si no fue para mí o para quienes fueren como yo, para quiénes entonces fue creado el Paraíso?”.  No obstante, el ángel que cuidaba el ingreso no se inmutó. Dijo, “primero, hay que revisar y ver si la Torá que estudiaste, la estudiaste por su causa y no con la intención de obtener honores o para ganar dinero o algo por el estilo. Debes por lo tanto aguardar un poco”.

 

Mientras hablaban, vino un Rab, un gran Tzadik y portador de un importante linaje, quien se encaminó hacia el interior del Paraíso. “¡Detente!”, gritó el cuidador. “¿Cuáles son tus méritos y tus actos?”. Comenzó aquel Tzadik a enumerar una gran lista de actos nobles que hizo a lo largo de su vida: ayunó muchas veces recibiendo flagelos, se sumergió en la Mikvé (baño ritual), hizo muchas Tefilot con sinceridad, leyó capítulos del Tehilim y el Zohar, estudió Kabalá, y muchos más. “¿Es suficiente todo eso?”, pregunto. “Alcanza y sobra”, respondió el ángel. “Pero primero, hay que revisar si todo eso fue en aras del Cielo, y no en búsqueda de honores, dinero o algo por el estilo. Por favor, espere un poco...”.

 

Mientras tanto, llegó un judío sencillo, quien era dueño de unas tierras. Lo detuvo el ángel y le preguntó: “¿Cuáles fueron tus actos?”. “No tengo ningún acto”, suspiró aquel judío. “Soy un hombre sencillo, toda mi vida la pasé en una aldea; la puerta de mi casa estaba abierta para todos los que pasaran, conocido o extraño, judío o no, y recibí a todos de buen ánimo. Primero les servía alguna copa para alegrarlos, y luego les servía en la mesa para comer, de lo que tuviera en mi casa. En verano e invierno venían a mí invitados de todos lados, y no les privé a ninguno de ellos nada de lo que tenía”. “Eso es todo, y no recuerdo tener nada más. Si me permites entrar al Paraíso, bien; y si no, que sea para bien...”.

 

Ni bien el ángel escuchó lo que el hombre manifestó, de inmediato abrió ante él las puertas, y dijo: “no es necesario revisarte. Un hombre que cumplió la Mitzvá de Tzedaká y de recibir visitas, y dio al hambriento para comer y beber, no requiere ser revisado, para verificar cuáles fueron sus intenciones, para determinar si lo hizo en aras del Cielo o no...”.[8] ©Musarito semanal

 

 

 

“Siembren según su caridad y cosechen según sus favores”.[9]

 

 

 

 

 

 

[1] Ver el Pérek 5, Mishná 7.

 

[2] Rashí

 

[3] Tehilim 89:3.

 

[4] Debarim 28:9.

 

[5] Sotá 14a.

 

[6] Rab Volve.

 

[7] Rab Yerujam Levovitz.

 

[8] Extraído de la revista Pájad David, Perashat Terumá ;Rab David Pinto.

 

[9] Hoshea 10:12.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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