Perek 4, Mishná 6 continuación…

 

 

Rabí Yosé dice: Todo aquel que honra a la Torá, él mismo será honrado por las personas. Y todo aquel que deshonra la Torá, él mismo será deshonrado por las personas.

 

REsta declaración es adyacente a la anterior por el siguiente motivo: La Mishná anterior dice: No hagas [la Torá] una corona con la cual engrandecerte… porque hacer esto, es considerado una deshonra para la Torá. Es por esto por lo que inmediatamente trae la contraparte: Cualquiera que honre la Torá, su cuerpo será honrado, y cualquiera que la profane, su cuerpo será profanado.[1]

 

¿Qué significa honrar la Torá? ¿Cómo podemos enaltecer algo que es de origen Divino?

 

Existen varias interpretaciones al respecto: Según el Rambam, es mostrar prontitud, amor, interés y entusiasmo en el desempeño de las Mitzvot. También la estará honrando al guardar silencio en el Bet Hakneset durante la lectura del Séfer Torá. Cuando la estudia, deberá hacerlo con alegría y con sed de comprender lo que está escrito en ella. Cuando pronuncia una Berajá, lo hará con concentración y veneración. Este precepto incluye el honrar y respetar a los Sabios que dedican sus días y sus noches para estudiarla y difundirla, ya sea por medio de sus disertaciones, o por medio de los libros que reseñan sobre sus Leyes y conceptos éticos y morales. Y así [también], la profanación de la Torá es lo opuesto a lo mencionado.[2]

 

Rabí Ovadiá de Bartenura lo interpreta así: hay hombres que buscan el honor a la Torá profundizando en ella y procurando detallar e interpretar cada uno de sus versículos. Incluso buscan el porqué de la omisión o la adición de algunas letras; escudriñan también en la gramática y la numerología para dar una razón para todos y cada uno de los adornos en [sus letras]; así nos dan a conocer que no hay nada escrito en ella que no tenga un propósito, mostrando que la Torá es de origen Divino, es profunda, es perfecta, no le falta ni le sobra letra alguna.[3]

 

Rabenu Yoná adiciona al respecto: Honrar los escritos sagrados es, por ejemplo: adornar los pergaminos que contienen la Torá con un fino estuche, y guardándolo en un lugar exclusivo y bellamente decorado. En cuanto a los libros impresos, darles el respeto adecuado, regresándolo a su lugar y besándolo al terminar de utilizarlo, evitar que caiga al suelo, que no esté boca abajo, que no entre en un lugar inmundo o maloliente. No dejarlo abierto cuando no esté utilizando. No sentarse en una silla o banco donde haya colocado libros. descansar un libro impreso del Pentateuco sobre un rollo de pergamino de la Torá, o un volumen de los “Profetas” o “Escritos” sobre un volumen de la Torá, o un volumen del Talmud encima de cualquier libro del Pentateuco, etc.

 

También adiciona el comentarista a aquellos que se comportan con respeto y acatamiento hacia los Jajamim, de la misma forma en que lo haría delante de un rey o de un gran magistrado, pues ellos son los que representan a la Torá. En la sinagoga, cuando se abre el arca sagrada, o cuando un rollo de Torá es cargado, la gente se levanta en señal de reverencia a la Ley. Pero cuando pasa un erudito, esa misma gente no siente obligación de ponerse de pie, dice al respecto el Talmud: ¡Qué tontos son aquellos hombres que se levantan ante un rollo de la Torá, pero no se levantan ante un Talmid Jajam (estudioso de la Torá)![4] Si les preguntamos a estas personas ¿por qué te pones de pie ante un Séfer Torá? Es solo un pergamino escrito, envuelto alrededor de dos cilindros de madera… Pues no es a los objetos a los que mostramos reverencia, lo hacemos hacia a la Palabra Divina que está plasmada en cada una de las letras escritas en el pergamino, y si las mismas palabras se encuentran grabadas en la memoria del erudito, ¿por qué no mostrarle el mismo respeto?

 

Hay una historia sobre un Rabino importante que entró a un gran salón que estaba colmado de personas, y en el momento en que él ingresó al recinto, todo el público se puso de pie y comenzó a cantarle y a honrarlo. Cuando el Rabino vio eso, saludó al público con la mano. El hijo del Rabino que lo estaba acompañando le preguntó cómo se sentía ante el hecho de que una cantidad de público tan grande se emocionara ante su presencia y le brindara tanto respeto.

 

El Rabino le respondió: "Lo que has visto con tus ojos es el honor de la Torá, no mi honor personal sino el honor de la Torá". Esto significa que ese Rabino no sintió ni por un instante que el público se ponía de pie y cantaba en su propio honor, sino en honor a la Torá que él había tenido el mérito de estudiar. Por ese motivo recibió ese honor con entendimiento y equilibrio mental, sin que la Inclinación al Mal lograra superarlo y llevara orgullo a su corazón.

 

Relata el Talmud que, cuando falleció Rabí Shimón, el hijo de Rabí Akibá, todo el pueblo salió a brindarle el último honor, cuando cubrieron al difunto, Rabí Akibá pidió que le trajeran un banco del Bet HaMidrash. Él se subió al mismo y dijo: "Sé que todo el que vino a acompañar a mi hijo en su último camino lo hizo por mi honor, porque soy grande en Torá. Pero no se puede decir que hayan venido en mi honor pensando que lo merezco por ser sabio o rico, hay muchas personas sabias y ricas en esta generación, y sin ninguna duda esta no es la razón por la cual se tomaron la molestia de salir de sus hogares. Por lo tanto, me parece que el objetivo por el cual han venido fue por el honor a la Torá que atesoro en mi memoria, misma que brinda méritos a mí y ayuda a los presentes".[5]

 

¿Por qué Rabí Akibá pidió aquel banco y no consideró suficiente subirse a cualquier otro objeto cercano, ¿qué mensaje quería impartir? El banco simboliza al Bet HaMidrash, donde la persona se sienta y se esfuerza en su estudio. Él pidió aquel banco como un testimonio de su esfuerzo y de su dedicación al estudio de la Torá. Muchos Sabios fueron enterrados en un féretro construido con la madera del banco y de la mesa en la cual estudiaron Torá, para que esa misma madera diera testimonio ante el Tribunal Superior del grado de su dedicación a la Torá. Rabí Akibá era sumamente humilde y por eso no consideró que todo ese honor se debía a él mismo y que en verdad lo merecía. Su humildad no le permitió sentir eso, porque todo el tiempo profesaba: "Siempre puse al Eterno ante mí".[6] De esta manera pudo ver la imagen del Todopoderoso y consideró que todo se debía al mérito de la Torá que había estudiado.[7]

 

Todo lo mencionado conforma la honra de la Torá, y todo aquel que lo practica, del Cielo lo asistirán para que él mismo sea respetado por las personas, incluso si no es tan honorable o no se merece honor, porque al estudiar la Torá, su cuerpo se santifica y esto provocará que sea honrado. Por el contrario, todo aquel que “deshonre a la Torá”, que no le interesa estudiarla, o desprecia a quienes la estudian, él mismo será repudiado por la sociedad.

 © Musarito semanal.    by Elias E. Askenazi

 

 

“A los que Me honran Yo honraré, pero los que me desprecian serán despreciados”.[8]

 

 

 

 

 

 

 

[1] Dérej Jaim.

 

[2] Rambam.

 

[3] Ver también el Jidá en Pétaj Enaim.

 

[4] Macot 22b.

 

[5] Moed Katán 21b.

 

[6] Tehilim 16:8.

 

[7] Torat David, tomo IV, pagina 208.

 

[8] Shemuel I, 2:30.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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